Esto de las emigraciones te vuelve un poco paranoica, más cuando eres de las que se queda. Acabas por colocarle a cada persona conocida una especie de cronómetro que señale la marcha atrás del tiempo que le resta en la ciudad. A veces te tornas selectiva: no deseas entablar relación significativa alguna con alguien que vaya a durar en tu vida menos de tres quincenas. Otras, las prisas te llevan a iniciar una presentación con la pregunta mal aprisionada por tus labios: “¿cuándo te vas?”.
Hay quienes se cruzan en tu camino y pasan de largo, como en esos torpes tropezones en cualquier calle con un desconocido que al rato olvidas; y hay quienes se cruzan en tu camino y te atraviesan...
Él es del segundo grupo y ya estoy sacando inventario de las palabras por oírle que me quedan, los kilómetros de cercanía por disfrutar antes de que cruce o sobrevuele la frontera, por cuánto tendré sus ojos que miran directo y sin rodeos tal si me abarcaran completa o hasta cuándo he de creerme que quepo a mis anchas en sus pupilas marrones mientras me miman, mientras me mecen y me desnudan...
De a poco, de a mucho, cada cual ha ido llenado un álbum de despedidas en el que siempre caben más fotografías y la siguiente es también siempre la penúltima.
Todavía no le ha puesto fecha a la noticia que no espero y sigo viendo el cronómetro sobre su cabeza con signos interrogativos, pero su silueta se me desvanece grano a grano como en un reloj de arena.
Hoy me han vuelto a encerrar tras sus párpados sus ojos imposibles, me han mordido el oído las palabras pronunciadas. Se me ha anudado la garganta no más al mencionar:
— ¿A dónde…?                                                          
Hasta las interacciones más bonitas, por pequeñas o profundas que sean, tienen fecha de caducidad... Aun no me acostumbro a lo efímero, a tener que resignarme a tropezar una y otra vez con un desconocido en cualquier calle olvidada porque todas, las pocas, personas que me atraviesan se marchan.
No le he preguntando el cuándo, no he podido. Estuve a punto de hacerle prometer como hacen tantos (una no es harina de otro costal) que no se vaya sin despedirse. No obstante, irónicamente, tampoco quiero ver cómo se va.
Desvié una lágrima. No sé si alguno de sus ojos oscuros la distinguió antes de esfumarse. Y entre risas, ya se sabe que las carcajadas también son una forma de desahogo, le solté a lo tonto:
—Vete despacito para que me dures más.
No quieren saber qué me dijo, o sí, pero me lo guardo. No todo es materia de relato.






Mis manos rabian por enredarse en su escote y mi boca babea por recorrer su piel. Los ojos, únicos privilegiados, me empiezan a arder cuando ella se despoja del brassiere. Estoy a punto de perder la apuesta, no del primero en acabar desnudo, sino de quién desnuda más al acabar. Todavía puedo darme el lujo de llevar los pantalones puestos, sin embargo me pregunto por cuánto tiempo habrán de soportar la presión de mi entrepierna sin hacerla evidente a través de la tela del blue jean.
Debí haberme decidido por “dulce”, puestos a elegir o comparar tentaciones a ellos soy con vasta diferencia inmune, pero otra vez me vuelvo marioneta de las ganas, el deseo y el morbo que rechaza con rotundidad la sensatez al atisbo de una curva femenina.
Para meternos en materia y resumir, ella consiente el placer si se le alegra el estómago y yo, si se me alegra la vista. No es de extrañar que ella esté más libre de prendas, aunque frecuentemente con la boca llena y yo, más vestido de lo que quisiera y con la boca echa agua por su culpa.
—De esta agua no beberás... —Susurra tal si adivinara el rumbo de mis pensamientos. Se relame un bocado maliciosa y yo, ya casi deshidratado por la sed que me provoca, le doy un sorbo al vaso de coñac. Se me forma un nudo en la garganta ante la visión de sus pechos bamboleándose y los movimientos perceptibles de mi manzana de Adán deben de enviarle señales de mi lucha interna. Sonríe a posta y sé que en silencio empieza a proclamar su victoria.
Vuelve a ser mi turno, pregunto si dulce o truco, mas a ésta regordeta no le apetece tanto verme desnudo como comer y va y se traga una cucharada entera del postre con un deleite solo comparable al tamaño de sus proporciones. A mí ya me comienza a morder de más el placer. Me pican en demasía las manos por encontrarse tan vacías cuando hay tanto con lo cual llenarlas a su alcance. La zurda, siempre preñada de malas intenciones, se rebela testaruda contra el frente delantero de mi verduga y es obligada a batirse en retirada con una rauda y contundente palmada de la zurda adversaria.
—Ca-ca —me reprende—. Mientras haya postre sobre la mesa el juego no se acaba.
—Gorda, no hagas trampa, es hasta que alguno se quede sin prendas y a ti nada más te queda la tanga.
—Dale, ahora inventa... ¿Vas a seguir mis reglas o las tuyas?
—Las tuyas, claro —convengo, calculando que siguiendo su pauta mis deseos conseguirán materializarse en menor tiempo. Solo queda un bocado del postre cuando me hace por enésima vez la pregunta y yo, no interesado en retrasar el asunto un turno más, decido cambiar por primera vez mi respuesta:
—Dulce.
Ante su mirada sorprendida me llevo el sobrante del postre a la boca, las órbitas parecen agrandársele a medida que mastico el pedazo de pastel. Está mejor de lo que creí, la crema se me adhiere al paladar, trazas de nueces o almendras rozan mis dientes y mi lengua se deshace complacida. Se me escapa un gemido de puro gusto y cuando termino de dar cuenta de tal delicia me percato de que, estupefacta, mi verduga me observa con los ojos en blanco.
— ¡Lambucio! ¡Ese pedazo era mío!
—Y todo lo que tú llevas ahí también... ¡Y ni siquiera me lo has dejado probar!
Replico sin sentirme culpable en tanto me aproximo dispuesto a darle a ella un buen mordisco. Da un paso atrás, levanta la diestra recriminadora con el índice como mensajero de su negativa. Me quedo plantado en el mismo sitio por unos minutos mientras la veo ir y volver de la cocina. Trae un vaso entre manos y, sin dejar entrever nada en su rostro, me lo ofrece.
—Ten, para la sed y el calor. Esta es la única agua de la que esta noche beberás.
Seria y resuelta me da la espalda, me abandona en la sala.
“¡No me lo puedo creer!”
Entretanto se bambolea hacia la habitación casi desnuda mi entrepierna eleva su queja, me arden no solo las manos por el deseo insatisfecho. Escucho al vaso de agua burlarse: “eso te pasa por comerte el dulce incorrecto”. Me desquito vaciándolo sobre mi cabeza.
Tarde me doy cuenta de que ni esa agua me bebí. Aunque para el calor y la sed... ni la ducha va a servir.




Don't Look Back, 2014 by Erik Johansson

Nada sigue igual a cada paso dado y volver atrás pesa.
Se pixelan los momentos, los recuerdos... Como en las fotografías viejas o los videos que quizá de tanto reproducirse pierden resolución y nitidez.
El tiempo cobra otro sentido mientras el rumor del pasado se te adhiere a los pies y tu caminar se llena de a poco de polvo, ayeres desmenuzados a los cuales tardas en distinguir la fecha de caducidad.
También te extingues tú junto con esa falsa ilusión de cumplir un año más a cada giro de la tierra alrededor del astro solar. Te pesa de nuevo mirar más allá del presente.
Procuras cada noche pensar... menos; sentir... menos. Tal si ahorraras lo faltado por vivir, cual si pudieras. Aunque solo incurres en la cobardía de no tener mucho más por añorar, necesitar o perder cuando el alba vuelva a despuntar.
Otro día... Otro amanecer de rayos refulgentes y... no puedes renovarte por completo en cada despertar; te lo avisa el cansancio, tu andar calmo, los párpados caídos, el hablar pausado, la paciencia infinita de quien sabe que los finales llegan tarde o temprano... Quizá solo continuar sobre lo dejado sin hacer o recomponer lo ya hecho.
Tú, remiendo hueco inexperto en espantar del todo a la soledad, coses una y otra vez el mismo agujero donde late la herida que aún te hace sangrar. “Hoy no me vencerás”, renuevas el mantra cada vez, percatándote de que “vencido” es sinónimo de “caduco”. Actúas para no conjugar en tu contra los verbos en tanto acumulas historias en las cuales la nostalgia asoma sus curiosos dedos. Es inútil intentar despegar de ti sus narices porque al hacerlo debes, obligatoriamente, mirar atrás. Ver lo recorrido desde cierta altura... pesa. Te pesa y pesas. Se te llenan las maletas. Nada es igual dos veces, aunque des la vuelta.





Noche de abril del 2000 no importa el año. La bombilla se resistía a despedirse y dejarnos a merced de la oscuridad. Corrimos mil espacios para estar frente a frente y, aunque nuestras respiraciones se entremezclaban a poco más de diez centímetros, había un abismo entre nuestros pies. “Rodarán barranco abajo”, silbó el viento a través de una ventana. Lágrimas y sudor presagiaron lluvia. Afuera tronaba. Las miradas tendieron un puente, pero ya nos habíamos lanzado. Hay distancias que se cruzan con las manos.






Los goterones caen del techo y forman un charco en el piso. Lupita las imita con sus lágrimas que impactan raudas contra sus zapatos. Una por una resbalan hasta reunirse con el agua regada en el suelo. La mira Juan desde la quincalla de Don Andrés con expresión inquisitiva, pero no se atreve a cruzar la calle y preguntarle... Uno tras otro pasan los carros por la vía interrumpiéndole de momentos la visión de la niña, quien apenas si se percata de estar siendo observada.
—Aquí tienes: los caramelos, dos chupetas y una chocolatina.
Hace cuenta Don Andrés del pedido, mas el niño si acaso le ha oído. Se ha quedado con una mano sobre el mostrador mientras la posición de su cabeza y torso apuntan en opuesta dirección. Sin querer, el hombre descubre el centro de atención de Juan sentado en una de las bancas de las afueras de la tienda de pasteles de Sabrina y sin querer, otra vez, se enajena al ver a la mujer a través de la vitrina.
Se quedan ambos perdidos entre las brumas y ensueños inspirados por la acera de enfrente, la luz del sol se filtra tímida entre los residuos húmedos de la recién extinta lluvia y, de paso o a propósito, pone un toque de brillo sobre sus rostros.
Sabrina se limpia las manos sobre el delantal, se asoma al cristal de su local y mira a lo largo la calle. Lupita se enjuga la humedad de las mejillas, sorbe compungida de su nariz, retira la cabeza de sus rodillas y alza la vista. Ambas, queriendo o sin querer, aunque por separado y correspondientemente, se saben observadas al toparse sus miradas con el niño que compra en la quincalla y el hombre quien la atiende.
De improviso, tal si les viniera el alma al cuerpo, recuperan el movimiento, descubiertos, nerviosos, azorados... Juan toma las chucherías, la torpeza o la premura le dificulta asirlas entre sus manos. Don Andrés se apresura también en poner orden en su ya compuesto tarantín, tamborilea los dedos sobre el mostrador y en busca de alguna ocupación le da de nuevo el vuelto a Juan.
—Es-te, eh... Don An... —El pequeño oscila la vista entre el billete que le ha dado el tendero y la acera de enfrente, se le traban los fonemas y Lupita crece ante sus pupilas.
— ¿Qué pasa Juancho? —Aunque al hombre no le falla el habla, los ojos se le quedan quietos y prendidos de Sabrina que cruza la calle hasta su tienda. Trae un trozo de pastel entre las manos y el aroma que desprende, ella no el postre, colma a Don Andrés. Piensa en que es una exquisitez que encantado de la vida se comería y, otra vez, se refiere a Sabrina y no al pastel.
Juan, quien ahora alterna las pupilas de la pastelera a Lupita y viceversa, se abstrae imaginando que tira y encoge alguno de los resortes rojizos que cuelgan de la cabeza de la niña.
—Aquí tiene, Andrés. Lupe me dice que quedó de rechupete. Ya usted me dirá.
La pastelera los saca a fuerza de su ensimismamiento pero a penas dura un segundo. Don Andrés ahora se embelesa con el sonido de la voz de aquella acariciando su nombre y Juancho, por su parte, ha de sobreponerse del pasmo de que la niña por primera vez le hable:
—Es mentira —le susurra con el sigilo de quien cuenta un secreto—, apenas me lo ha dejado probar.
El niño todavía la mira con gesto inquisitivo, sin embargo no se atreve a intercambiar palabra para preguntarle.
—Vamos, Lupe. Se nos hace tarde.
Juancho, él sí privado del habla, reacciona justo cuando Lupita está dando la espalda y atina en ofrecerle un dulce. Ella lo recibe y le obsequia a cambio sus pupilas y labios sonrientes. A Don Andrés, mientras, le retintinea ese “ya usted me dirá” en la cabeza.
—Si de verdad le dijera... —Suelta en una exhalación profunda.
El niño esta vez sí lo escucha, pero prefiere tragarse, como antes, su pregunta. Total, si no se la hizo a Lupita...
Ahora ambos miran calle abajo las siluetas de Sabrina y Lupita achicándose en la lejanía. La segunda piensa en cuántas tortas sin probar se quedarán esperando a que Don Andrés diga por fin no sabe qué cosa y la primera, en que aún no quiere tener que preocuparse porque a la hija le empiece a gustar más el chiquillo que el chupetín, el cual, cosa rara, siquiera se apresuró en abrir.
Muy lejos, a sus espaldas, un carro pasa raudo frente a la puerta de la tienda de pasteles encajando una de sus ruedas delanteras en un charco. El agua salpica a un niño y un señor en una quincalla. Al unísono ambos salen de sus ensoñaciones.
— ¡Conque Lupita, ¿eh, Juancho?! —Le recrimina entre burlón y cómplice teniendo, ahora sí, algo qué limpiar en el tarantín. El chico, sin quedarse atrás y secándose como puede, de inmediato se defiende.
—Y a usted, Don Andrés, ¿desde cuándo le gustan los dulces?






¡Dios! Cuánto ha pasado y está...
—Increíble...
— ¿Dices?
—Nada, nada.
Al verla la impresión me ha hecho hablar en voz alta, me quedo de piedra. Mi mano busca soltar la mano que la aferra y percibo que mi insistencia ha alarmado a quien me acompaña, que ahora se me ha guindado del brazo. Con todo y eso no me contengo, mis pies movidos por yo no sé qué impulsos me arrastran hasta... Caro. Se me revuelven algo más que los recuerdos. Caro...
Nunca pude responderme por qué terminamos y ahora está justo frente a mí. Me adelanto hacia ella, desvía la vista a mi izquierda. Me pesa el antebrazo y caigo en la cuenta de que voy acompañado.
No quiero herir a Graciela y las presento. Pero me pregunto si con ese gesto hiero a Caro. Siempre fui muy malo para distinguir si la afectaba cuando ya ella me afectaba a mí.
Tantos años, tanto tiempo... No me puedo creer que esté justo allí. Días y noches conformándome con evocarla y ahora que la tengo en frente...  Reprimo el deseo de tocarla, de tener su rostro a un palmo de mi cara, ya no recuerdo el sabor de su piel, sus besos y se me antoja probarlos de nuevo, demostrarle cuánto la eché de menos estrechándola hasta dejarla sin habla o sin aliento.
Me cierno demasiado sobre Caro y decido retroceder un paso, cualquiera diría que invado su espacio personal. ¡Y cuántas ganas de hacerlo...! Cuántas ganas de invadirla a ella y... Aprieto los puños, no quiero imaginar de lo que soy capaz si voy solo.
Graciela, quien sabe sumar, se torna excesivamente cariñosa. Dudo de estarle correspondiendo como de costumbre. La verdad, justo ahora, no tengo cabeza para ella y me frustra conseguir ver solo a través de los ojos de Caro.
¿En qué estará pensando? ¡Diablos, Caro...! El presente elige las formas más indecorosas para hacerte coincidir con quienes has querido... O quieres.
La escucho toser o estornudar, Graciela se apresura a tenderle un pañuelo. Al distinguir el mío entiendo el motivo de tanta amabilidad. Las mujeres tienen un modo tan fino y peculiar de marcar terreno. No contenta con que Caro lo rechace, añade con malicia:
—Debe de ser el clima, está cargado este día —con ganas de librarme de ella intervengo raudo.
— ¿Vas muy lejos?  —Me encantaría acompañar a Caro a donde fuera, aunque sé que es demasiado pedir. Graciela teme, con razón, que la abandone. Me observa suplicante, entre susurros me advierte de nuestra cita, que ni en broma me libraré de ella. No me queda claro si se refiere a sí misma o a la cita... Resignado, cual reo aceptando su condena, finjo sonreír. Me besa sonreída, ella sí sin fingir. Le acarició un hombro para que se detenga. No sé por qué no puedo soportar me bese con Caro allí, tal si tuviera aún que respetarla. Es ilógico que después de tanto su sola presencia me afecte de ese modo.
Algo ha debido de afectarla también a ella, su mirada se ha prendido a un punto fijo y aun cuando ve hacia nosotros no entramos en su campo de visión.
¿En dónde está? Me carcome no saber en qué piensa... ¿También me extraña? ¿Siente todavía algo por mí? ¿Ya me olvidó y logró pasar página? ¿Cuánto le habrá costado deshacerse de mi recuerdo, lo que vivimos...? ¿Tendrá a alguien más? ¡Tiene a alguien más! Le detallo el cuerpo... El atuendo... Esa blusa deja a la vista más de lo que yo quisiera... Está lo bastante buena como para estar sola... ¡Rayos! Seguro no le importa encontrarme con otra ni que siga adelante sin ella. De seguro ya muere por alguien distinto a mí. Menos mal no está ahora aquí porque si no... Si no... Me indispone la mera idea de imaginarla con otro.
—Caro —Reclamo su atención para preguntarle si viene con alguien, pero anda en un mundo en donde con seguridad no hay cabida para mí. Eso me hace enloquecer.
— ¡Caro! ¿Estás bien? — ¡Claro que lo está, solo está pensando en él!—. ¿Qué te pasa? De repente te has quedado en blanco.
—Ah, no es nada. Estaba recordando dónde estacioné el auto.
¡Lo sabía! La están esperando. Ya ni siquiera tiene sentido la eternidad que llevo esperándola yo. ¿Quién me manda a mí a creer que a estas alturas va a sentir un carajo por mí? ¡Y yo queriendo zafarme de Graciela para ir tras ella!
¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido!
¡Qué imbécil, maldita sea! Tengo que sacármela de una vez por todas de la cabeza. Me río de mí mismo e intento regresar a la realidad.
— ¡Cuándo no tú tan distraída! Apuesto a que lo has dejado a una cuadra. ¡Ja, ja, no has cambiado nada!
Lucho por no pensar en que también a una cuadra está aquel.
— ¡Y tú menos! Sigues teniendo una memoria selectiva excelente. ¿A que todavía es capaz de recordar al detalle el calendario de un evento deportivo y jamás un cumpleaños ni cuándo tiene cita con el dentista?
 ¡Mierda, Caro! Si supieras que aun me sé todas las tuyas...
—Jajaj, eso no es justo. Aún no me olvido del tuyo — ¡Demonios! Eso último no planeaba decirlo, de hecho estuvo de sobra. Me lo confirma el silencio incómodo de después.
Me sonríe y me pierdo, debo de tener una cara de idiota impagable. Disimulo desviando la mirada hacia Graciela. Yerro de nuevo, sé que desde el segundo plano al cual la he relegado se da cuenta de lo que hago y lo peor es que no me importa.
Estoy al lado de la chica equivocada...
Paso de todo, de la gente a nuestro alrededor que nos golpea con los hombros “sin querer” para recalcar que la acera no es un lugar apropiado para reunirse, del sol inclemente que da de lleno contra nuestras frentes y quema tanto como la distancia entre Caro y yo; de las muecas y reclamos silentes de Graciela, del tiempo que permanecemos en la calle así como si nada... Como si todo... Y Caro lleva prisa. Lo sé porque está nerviosa y trata de evadirme. ¡Menudo tipo impaciente y celoso se habrá conseguido! Aunque mirando lo hermosa que está... ¡Vaya Dios ¿cómo la dejé escapar?! Lo entiendo.
Me empeño en acompañarla al auto, me puede la curiosidad. Y ay de Graciela si se opone...
—No vaya a ser te pierdas en el camino —Bromeo solo para enmascarar mis verdaderas intenciones.
— ¡Ni hablar! —Me muestro sorprendido y ofendido. Ella suaviza lo dicho—. Gracias, pero no hay necesidad. Está al cruzar la calle.
Me rechinan los dientes, casi se me escapa un gruñido. Tengo ganas de cruzar hasta donde dice y sacar a los golpes a cualquiera dentro del vehículo. No hay duda de que está con alguien y no quiere explicarle que soy su ex. Ex... La palabrita me pone por sí sola en mi lugar.
Se despide de mí displicente, como quien rabia por quitarse un peso insoportable de encima. Resbala hasta el suelo, junto con mi autoestima, mi arsenal de contención. No atino ni la fecha ni el sitio en que estamos, no sé qué carrizo hago con Graciela, cuándo terminamos Caro y yo y por qué... ¡¿Y por qué ha tenido que aparecerse después de tanto?! ¿Por qué además se detuvo a saludar si tenía con seguir de largo y fingir que no me había reconocido? ¿Cómo se atreve esa mujer a dejarme así? ¡Otra vez!!
Camino furioso y exaltado. Graciela se me enrolla en el brazo, me la sacudo haciéndola a un lado. No estoy para arrumacos, o sí, mas no deseo precisamente los de ella. Quiero romper algo, no me basta con machacar el suelo bajo mis pies. Me devuelvo, sé con exactitud dónde y a quién quiero hacer pedazos... sacarlo del auto, estamparlo contra el parabrisas, aporrear la puerta del coche con su cabeza, no detenerme hasta destrozarle un hueso o verlo sangrar, escuchar a Caro gritar mi nombre por cualquier motivo ya que nunca más tendré la dicha de oírla gemir, estremecida, sobre mí y que intente volver a olvidarme si se atreve, si puede, si todavía es capaz...
En mitad de la avenida escucho un chirrido de llantas, un gran estropicio interrumpe el curso de mi pensar y mi sentir. Entro es un estado de dubitación, de frustración, voy a arrancarme los cabellos con las manos. Regreso sobre mis pasos dos veces hasta dar un giro en el mismo punto. ¡¿Qué demonios estoy haciendo?! Debo dejarla ir. No puedo hacerle esto a Graciela. Caro se merece ser feliz con quien escoja, con a quien quiera. Y yo debo dejar de moverme en torno a ella. Entender que tomamos rumbos distintos y nada cambiará por una mera casualidad. Alcanzar a Graciela, pedirle perdón por ser tan idiota y no cometer de nuevo el error de perder a alguien que...
Vuelvo la vista calle arriba, aunque mis pies ya retoman el camino contrario. Varias personas corren alarmadas y unas tantas permanecen impávidas. Distingo un choque en la distancia, la parte delantera de uno de los vehículos queda completamente destruida. Tardo, más por el desconcierto que por cualquier otra cosa, en reconocer la carrocería del auto en que tantas veces la veía llegar antes de sonreírme, correr a despertarme y embriagarme con su tacto y su cercanía, el mismo en que hace nada la vi subir... No quepo en mí y los fonemas, la voz, me suenan y me saben ajenas, ha de ser otro quien los profiere y no los estragos de lo que de mí queda cuando corro hacia ella con el terror atravesado en el pescuezo:
— ¡¡¡Caaaaaaaaaaaaaarooooooo!!!
Desde algún punto equidistante que no logro identificar escucho una voz aguda y desgarrada llamarme:
— ¡¡¡Braaaaaaaaaaaandooooooo!!!
Juraría que es de Graciela, pero, otra vez, no tengo cabeza para ella.




Relacionada con: Desencuentro




Esa noche en la playa mientras todos dormían y me quedé en vela dizque a causa del insomnio, mentí. En realidad esperaba que la nocturnidad y el mar se aliaran para darnos cita, que de pronto tú, tentado no solo por el oleaje y la brisa cantarina, salieras a hacerle cosquillas a la arena con tus pisadas y me encontraras allí frente a la orilla tomando un baño de luna al tiempo que las estrellas se desparramaban sobre nuestras cabezas. Esperaba quizá oír a mi espalda tu voz sibilante (para no asustar a nadie), el roce de tu cercanía a medio vestir desnudándome también las ganas de impactar con mi boca más allá de tus labios. Esperaba que la soledad nos cubriera con su manto otorgándonos algo de intimidad y tener tus ojos oscuros ofreciéndome un paisaje en el que solo brillase mi silueta. Pero no. Me quedé oteando la distancia, el horizonte sombrío y descompuesto, en tanto que las olas salpicaban incertidumbres en mi rostro y en el tuyo, allá paredes adentro, se balanceaba el sueño entre tus párpados cerrados.
Luego me enteré de que el frío o tu cobardía te hicieron fingirte dormido. Yo estaba más libre de lo que quería y tú, encerrado tras puertas...
No fue el insomnio. Fueron las ansias de que aparecieras para jugar como tontos, en la orilla y a la luz de los astros más nobles, a la sirena que seduce al viajero y al tiburón que, sin delatar del todo sus intenciones, se come a su presa...
— ¿Te acuerdas de aquel viaje?
— ¿Cuál?
—El que hicimos al final del curso a aquella isla. Nunca tenías sueño por las noches, salías a sentarse frente al mar y yo no podía dormir pensándote sola allá afuera; entonces me escabullía a vigilarte en mitad de las sombras. Para ese tiempo estábamos desarrollando el proyecto del cambio climático y habían levantado alerta por huracán. Supuse que eso te tenía intranquila, aún así parecías suicida yendo cada noche a retar a las aguas desde la orilla. A los demás aquello les parecía una completa insensatez y te llamaban “sirena” entre bromas. Según ellos jurabas que al diluviar te saldría cola, de allí que prefirieras quedarte a la intemperie. Todos estábamos igual de asustados porque desconocíamos qué tan graves eran las amenazas de tormenta y reír de cualquier cosa nos relajaba los nervios. Por fortuna fueron puros rumores, o de lo contrario nos habríamos visto evacuando de emergencia la isla. De tanto espiarte durante tus escapadas, uno de los chicos me puso el apodo de “tiburón”, ya entenderás de dónde salió el comentario por el cual siempre levantabas las cejas con curiosidad, ese que me aludía, también entre bromas, como un mal depredador por rondar demasiado a la presa sin acabar de devorármela. El problema era que la presa nunca fuiste tú, sino yo... todo hecho un embrollo mientras, por contra, miraba tus cabellos desenredarse en el viento. Te aseguro estar tentado de acercarme con cualquier excusa solo para verlos bailar entre mis dedos y disfrutar de más cerca del contraste de la luz nocturna sobre tu piel, pero no sé por cuál razón di por sentado que mi compañía te molestaría. Lo confirmé esa última noche cuando de pronto volteaste desde la arena para otear la oscuridad con hastío, tal si algo te hubiera incordiado. Al verte poner de pie dispuesta a regresar, me apresuré en llegar antes que tú a la cabaña, no fuera a ser que sospecharas de... En fin, justo cerré los ojos se abrió la puerta, entraste y susurraste “cobarde” antes de acostarte. Salvo nosotros, no había nadie más despierto. Al día siguiente y los posteriores a ese no nos vimos... Desde entonces no paro de preguntarme si te referías a mí.
Se hace el silencio, la chica sube las cejas con curiosidad... No, con sorpresa. De nuevo se queda oteando la distancia, el horizonte sombrío y descompuesto, mas esta vez no hay olas que salpiquen incertidumbres en su rostro. Piensa, en oposición a sus primeros pensamientos, en que después de todo sí jugaron como tontos a sirenas, viajeros, tiburones y otros cuentos. Se le escapa un “cobarde” en plural de los labios y luego suelta sibilante dejando al chico desconcertado:
—No era insomnio...






Viajar en transporte público siempre me ha parecido una odisea, salvo cuando apenas va lleno y al conductor no le da por colocar música de su preferencia. Al ritmo del “entren que caben cien” impuesto por el colector me subo a una unidad y me introduzco hasta el final del pasillo. ¡Bingo! Me toca con los cincuenta de pie y forzosamente hay lugar para uno más. Pero el chofer ni se entera, que va en primera y, aparte de contar con suficiente ventilación, allá no llega el aroma celestial del que cabecea en su asiento con vete tú a saber cuántos tragos (o botellas) de alcohol de más, ni la interesantísima conversación de las comadres que hablan de las amantes del compadre a viva voz, ni los sutiles codazos de quienes buscan mejor acomodación, ni los berrinches del niño malcriado que se granjea cualquier cosa a punta de llanto, ni el cóctel de perfumes que amenaza con provocarte estornudos... ¡Mmm! Alguien se ha traído un perrito caliente, full cebolla, bajo el brazo y otro se lo ha desayunado. ¡Y vaya! No hay una sola ventana abierta cerca, para variar...
El hombre conduce indiferente, no cabe un alma en el transporte, aún así hace parada confiado en poder comprimir personas tal como se comprimen archivos en el disco duro de la PC.
— ¡Pero bueno, papá, ¿dónde los vas a montar?! —Se queja un pasajero.
— ¡Córranse para atrás! ­—Replica el conductor.
— ¡Pa’trás, pa’trás, que está vacío! —Lo secunda a gritos el colector parapetado en las puertas del autobús.
Alguien me pisa un pie y agradezco no llevar sandalias, con tanta gente apretujada la cosa parece un sauna en donde, lejos de estar a un paso de la relajación, se está a nada de la muerte por asfixia. La señora apoyada a mi costado me encaja sin querer o a propósito una de las esquinas de su cartera y, mientras ruego por llegar pronto a destino, ignoro si me quedo sin aire o acaso me lo están robando... Si así es gratis, va a tocar pagarlo.
El conductor frena de forma intempestiva y la mitad de pasajeros, uno junto o sobre el otro, se inclina peligrosamente hacia el parabrisas. A una tercera parte le falla el equilibrio, yo entre ellos termino balanceándome sobre el asiento frente a mí y aterrizo, también de manera inesperada, contra otro pasajero. Mi pecho da de lleno en su cara, la cual arruga tal si le hubiera estampado en la cabeza los melones de Lolo Ferrari y no un par de limones (quizá justo por eso); por cómo entrecierra un párpado presumo que ha debido de salpicarle alguna gota ácida en el ojo. Amago una disculpa en tanto me recompongo y él pronuncia algo a medio camino del “tranquila” y el “descuida”.
Pero ni lo uno ni lo otro, con el frenazo nadie en la unidad pierde cuidado y los pasajeros se alebrestan. A la chica sentada unos puestos más allá retocándose el maquillaje un rayón negro le divide en dos partes asimétricas la frente, se voltea hacia su compañero y éste exclama:
— ¡Chaaacha, si todavía no es Halloween!
Más acá a la señora que alimentaba al hijo sobre sus piernas se le derrama el jugo sobre la blusa y se le vuelca el tupperware. Ajena a la prohibición de comer en el medio de transporte impresa en el respaldar de los asientos, sin ápice de vergüenza y sin temor de ponerse en evidencia reclama:
— ¡Cooño vale!! ¡¿Me le vas a montar otra arepa al carajito?!
Justo al lado un enano berrinchudo se dedica a golpear con saña el asiento del frente. El señor quien lo ocupa ni se inmuta. Yo en su lugar hubiera girado la cabeza como la niña del Exorcista y, también como Medusa, hubiese petrificado en el acto a madre e hijo con la vista. Otra chica que asiste la pataleta de pie pone los ojos en blanco, una señora lanza por lo bajo:
—¡Ay! Mis hijos me hacen algo así ¡y los muelo a palos...!
—A los niños no se les pega —discrepa algún otro.
—Nooo, ¡pero de vez en cuando no está de menos mostrarles para qué sirve la correa!
Una vocecilla inocente e impertinente pregunta sin pelos en la lengua:
— ¿Pá, a las viejas cacatúas quién les pega cuando se portan mal?
La señora se sabe aludida, se enseña ofendida y carraspea. Se contiene también de propinarle un pescozón a la criatura.
El borrachín reacciona lo justo para canturrear con voz grave y rancia:
— ¡Ero sigo sieeen-do’l reyyyyyyyyy! —Tras de lo cual cae de nuevo como mendigo, lo destrona un buen golpe en la coronilla.
Los eventos transcurren al unísono al tiempo que la cuarta parte de los pasajeros se deshace en quejas e insultos hacia el chofer y luego hacia el colector, quien sale siempre en defensa del primero. Sin siquiera calmar a la concurrencia, en la próxima parada se desviven por llenar hasta los tequeteques la unidad:
 — ¡Suban, suban! Que hay segundo piso.
—¡Na’guará! ¡Lo tendrás en construcción...! —Salta alguien indignado.
— ¡Hasta el techo si te da la gana, pana...! —Ironiza otra voz.
A todas estas el hombre del asiento frente al que estoy de pie refiere:
—A ese par lo van a linchar y me voy a perder el funeral.
Rio por dentro, luego la risa brota como un graznido. Él ríe entre labios, despierta, tarde, su lado amable o recuerda alguna clase de caballerosidad y, tras decidir renunciar a la escasa comodidad de su puesto, me lo ofrece. Lo rechazo cortés, ya estoy cerca de mi destino. Además, la mujer apoyada en uno de mis costados afinca con mayor ímpetu la esquina de su cartera en mis costillas tal si empuñara un arma en mitad de un asalto. Capto la amenaza latente, se lo cedo de buen grado.
Entretanto, el hombre no sabe de qué forma colocarse en el pasillo, su estatura le impide erguirse por completo dentro del vehículo y se ve obligado a flexionar el cuello en demasía.
— ¿Qué? ¿Esperabas poder ver el funeral de pie? —Me burlo, por supuesto, al tiempo que recuerdo al jorobado de Notre Dame. No obstante, a diferencia, éste ni gaguea, ni titubea ni cosa igual. Azorado, cambia de tema y me busca conversa. Suspiro. A ver a dónde mando la apatía...
Y el niño llora que llora, el borracho sigue casi inconsciente alterando el aire a cabezazos con su tufo rancio, entre la gente y las pocas ventanas abiertas hace un calor demencial; la chica intenta maquillarse por tercera vez, el rostro se le derrite, aún se le nota el rayón y aprovecha de pasarse una servilleta por la frente para deshacerse del sudor; las cotorras, digo, las comadres que no ahorran ni cuentos ni saliva dale que dale a la lengua, al marido de no sé cuál (cuidado y no los de ambas) le deben picar horrible los oídos; y continúan las quejas y los gritos de los pasajeros, del colector y del chofer...
— ¡Mano, que no llevas puercos!
— ¡Hagan el favor de correrse hasta el final del pasillo! ¡Ahí sobra espacio, gente!
— ¡Éstos sí son arrechos!
Después de vadear un oleaje de personas de un extremo a otro del pasillo, me hallo por fin fuera del autobús, en la acera. Baja también quien me cedió el puesto, por lo visto coincidimos en destino. Al fin nos miramos y reconocemos sin tanto impedimento alrededor o de por medio. No voy a decir hacia dónde se dirige mi vista, aunque por la dirección de la suya... Ah, qué curioso, va a ser que no le importa el tamaño del fruto sino su jugo... Intuyo que desea limonada. Las malas intenciones me impelen a sacudir algo más que los hombros al ritmo del “¡azúúúúúcar!” de Celia, tal si imitara a Mel Gibson hacer lo “suyo” con lo “suyo” frente a Helen Hunt en una escena de Lo que ellas quieren, sin embargo mi malicia podría ser malinterpretada y me contengo.
Pronto descubro que mi intuición no me traiciona. Lo confirma la frase que, con guiño incluido, expelen sus labios:
— ¿Y si me das tu número?
Sonrío entre irónica y divertida. La camioneta es puesta de nuevo en funcionamiento y continúa su recorrido ahora al son del “Esto es lo que hay” de Los Amigos Invisibles, a todo volumen. Seguro que un par intenta acallar de algún modo las quejas de los usuarios...
El colector, que nos tiene a ambos en la mira, se monea en la puerta del transporte y, mientras éste se aleja, nos despide con un:
— ¡Dedícasela, chaaaamo!!





Jugamos en el bosque dando al lobo por ausente solo porque tardó en golpearnos su aliento nauseabundo y por un segundo de gracia el filo de sus colmillos le dio paz a nuestra carne. Caperucita sí existe. Su capa roja resbala líquida por esa piel que antes cubría nuestra mutua desnudez, la misma en la que hoy ya nada vive. Te vas como me fui, o, ¿no existimos? ¿Qué fuimos? ¿Un secreto? ¿Un deseo mustio que no resistió siquiera al viento? ¿Veneno? ¿Un grito de horror cuya euforia caducó...? Amor que sin nacer murió, mutó y mató. 



The cover up - Erik Johansson

—Me he visto a través de las cortinas, el rostro tenuemente reflejado entre la tela. ¿Te has visto tú?
—Sí, siempre me veo. En los espejos, digo.
—Ah, te gustan las cortinas transparentes.
—No cuando están empañadas, aunque la visibilidad no cambia.
—Yo prefiero las cortinas de agua. Pero son un poco confusas, ¡estén calmas o agitadas todo lo moldean a su conveniencia!
— ¿No será más bien el agua la moldeada?
—No. Es demasiado escurridiza para meterse en formas. Ella solo... se adapta.
—Mmm, yo prefiero las cortinas de humo. Al rato las ves... al otro no. Es como jugar a las escondidas.
—Es como tener ninguna.
—Y quedar oculto al descubierto...
— ¿Estás fumando, cierto? He escuchado un silbido.
—Por supuesto —le da una honda calada al cigarrillo—. El tabaco me lo calo gratis, pero a ti solo con el vicio —se oye otro silbido—. ¿Y tú? Te estabas duchando hace nada, ¿verdad? También he oído el agua...
—Te equivocas, ha de ser que chocheas y con los años que cuentas... Ve a ver si no dejaste la llave del fregadero abierta.
Cuelga petulante, interrumpe la visión de su silueta contra el telón impermeable del baño y se desliza bajo la ducha. Entretanto su interlocutor hace amago de levantarse del asiento en que reposa tal si siguiera la orden o la advertencia.
— ¡Me lleva...! —Manotea obstinado dejándose caer de nuevo y pesadamente sobre los almohadones mullidos del mueble—. Hasta cuando no está fastidia la muy...
Tras otro silbido el final de la frase se esfuma al igual que el cigarrillo.





Lo conocí cuando el descreimiento me reventaba los ojos y la paciencia, y enarbolaba el escepticismo cual bandera y me burlaba a mandíbula suelta y sin reparo de las zalamerías y palabrerías con las que suelen revestirse los enamorados.
Nunca le mencioné lo ridículo que se me hacía su forma de cantar los desamores, tan alto y doliente como si el apocalipsis se materializara en sus sentires, tan hondo e hiriente como para no poder evitar hundirte ni ser por completo inmune.
Iba por allí paseándose como melodía rota o guitarra sin cuerda y yo terminaba deseando, no sé cómo ni por qué, componer los acordes de la una y las carencias de la otra.
Hubo un tiempo en que lo odié cada día sin falta hasta el punto en que pude responderme cómo se podía aborrecer lo querido y viceversa.
Entre remiendo y remiendo me quedó mucha tela por cortar que él no quiso usar ni yo botar, lo recuerdo. Hay trajes que no quedan como queremos.
Recuerdo también que cuando entendí su tragedia interna me sentí patética. La ira y la tristeza jamás habían librado en mí una lucha tan intensa. Rabiaba que dolía y dolía hasta la furia. Eso sé. Y entonces me conocí sin la carcajada descarada y las palabras desfilando tontas por las comisuras de mis labios, hube de haber desafinado en más de una tonada en que la alegría ideada y no concebida, de tanta pena y silencio, se tornó en des-dicha.
Por largo rato me acompañó esa asfixia ardiente que se te instala entre la garganta, la nariz y la boca como un grito atravesado, aunque nunca manifiesto y que te hace boquear como pescado al borde del desespero. A nadie le deseé tal angustia. Deben de existir mejores maneras de hacerte ver que en ti hay vida.
Hasta ayer he andado con ese tú y yo con entrecomillado sarcástico y puntos suspensivos atorado en el pescuezo, esa manía de voz rota y temblorosa suscitada por los nervios cada vez que él se anunciaba en mis sentires ha mudado a un talante sobrio y frío que parece despedirle.
Ya no es para tanto lo que fue para nada y eso justo he sentido cuando este mediodía el sonido de su voz al teléfono me acarició el oído.
—Hola, ¿quién habla? —Dijo. Y yo, que en mi mente tenía un “hola, bonito” al mejor estilo de Jarabe de Palo en su versión más afinada y alegre, me anudé la lengua y, antes de colgar, maté el adiós adherido a ella.





Era 2 de noviembre, Día de Muertos, y aunque no enterrábamos a nadie, no entendimos cómo era posible que se nos murieran tantas cosas juntas. Llegamos a la celebración con más kilos perdidos de los que habíamos ganado en todo el año, con las prendas cosidas a punto de remiendos para que no nos holgaran sobre el cuerpo. Entre los presentes, los que jamás habían tenido que pasar la noche dentro de un féretro, iban preparados para hacerle competencia a cualquier muerto viviente y se dedicaban entre sí muecas y expresiones de sorpresa y espanto al darse cuenta de que el esqueleto les asomaba de a poco a la carne. “¡A lo que hemos llegado! ¡A lo que hemos llegado!” Era la frase oída y pronunciada de manera más frecuente. Muy importante el detalle de recitarla por cada ocasión dos veces seguidas como para resumir o resaltar el consabido estado de crisis general.
— ¿Ya vio? Tampoco se consigue...
—No sí, pero viene con precio nuevo.
— ¡¿En dónde?! Póngase a creer... A ver pa’ cuántos alcanza...
— ¡Otra vez! ¡Miaaalma! ¡Pero si ya lo habían aumentado hace dos semanas!
—Pues, ¿qué te digo? Para lo que les importa... ¿No esperabas recibir el año nuevo con los precios de ayer?
—Año nuevo... ¡Jum! ¿Y sí llegaremos?
Las conversaciones giraban siempre en torno al mismo tema o convergían en un mismo desenlace, era como si cada cual llevara diferentes bobinas con idéntico hilo conductor.
— ¡Y me lo pregunta a mí! ¡Aquí hay que pedirle permiso a la economía y al hampa para vivir!
—Si es verdad. A una vecina se le metieron a la casa a robar y le dieron cuatro tiros al hijo.
—Corrió con suerte. Hay miles a quienes no se la dejaron contar.
— ¿Contar? Está por verse... En un hospital sin insumos y con la madre corriendo de aquí pa’llá buscándole medicamentos...
— ¡Agotados!
— ¡Sí, señor! Nada nuevo bajo el sol.
—Que está que arde, por cierto.
— ¡Mire! Va pasando un avión.
—Ah, sí. ¿Se fijó? Vuela a la misma altura que nuestra inflación.
— ¡Ja! Y la escoria aquella decretando aumento salarial cada dos por tres...
—Esto hace rato que se estancó, mijo. Nada que avanza...
— ¿La cola o...?
— ¡Bah! ¡Va a preguntar?
A ese punto de la discusión no era raro estar cerca de oír:
—Donde esto siga así, agarro mis maletas y...
Un “y” con tres puntos suspensivos que no hacía falta completar.
Sin embargo, para Ignacio, el mensaje seguía igual de inconcluso cuando lo oyó:
— ¿Y...? —Preguntó.
— ¡Y me voy!
— ¿A dónde? ¿Vuelves a casa de tu mamá?
— ¿Qué sentido tendría irme a treinta minutos de aquí?
— ¿Irte? ¿Por qué?
— ¿Cómo que por qué? Las mañanas sin café, el agua sin llegar, la luz que se va sin avisar, los estantes y la nevera vacíos, no saber dónde esconderme el teléfono o la plata cuando voy en el metro o la camionetica, estar siempre de los nervios cuando voy por la calle, tenerle terror a estar fuera de casa luego de las seis de la tarde, no distinguir entre un policía y un criminal; que si a fulanito le volvieron a robar, a sultanita la mataron y a menganito lo acaban de secuestrar ¡otra vez!; que te la cales, ¡cuidado: sin pro-tes-tar!, porque aquí tus derechos son un delito; que no hay esto ni aquello y que de lo otro tampoco va a haber, que si o haces cola o trabajas, que si el salario no te da y ¡ni te molestes en ahorrar...!
Hizo una pausa para tomar aire y el silencio fue interrumpido por el sonido de su estómago reclamando alimento.
—Ah..., ya entiendo. Siempre te pones de mal humor cuando tienes hambre.
— ¡A ver en qué episodio de esta tragicomedia maldita y socialista se me quita...! —Estalló fúrica.
—Ahí quedaron unas...
—“Arepas de plátano con jugo de guayaba y papelón...”. —Recitó entre dientes por lo bajo—. ¡Estoy haarrrta del parapeteado y re-pe-ti-do me-nú!
— ¡Pero, ¿qué quieres...?!
— ¡¿Que qué quiero?! ¡¡¿Que qué quiero?!! ¡Arrrg! —suspiro frustrado—. Tu hermana, ¡que se pasó cinco horas pagando plantón frente al supermercado para comprar nada!, dizque te llames a tu primo. La compañía en dónde está va a cerrar y ¡otro desempleado más! Y Chucho que anda como loco buscando antibióticos para la niña... ¡¿A quién se le ocurre, chico, tener muchachitos ahorita con todo lo que ya hay que parir?! Pero si ni hay anticonceptivos... ¡Qué vaina tan arrecha!
— ¡¿Y yo qué puedo hacer?!
—Tú, no sé. Pero lo que soy yo, ¡me voy!
“¿Pero irse cómo y a dónde?”, insistía Ignacio incrédulo. Lo que en realidad no comprendía era por qué ella quería dejarle, aunque en su decisión poco tuviera él que ver. No le veía sentido a abandonar su familia, sus afectos, el lugar donde había crecido y lo que había construido para cambiar unos problemas por otros en algún distante o remoto destino en el que se estrenaría con el distintivo de “extranjero”. No más pronunciar la palabra se sentía ajeno.
Unas últimas frases acudieron a su boca para sosegarla, el efecto fallido de éstas le abofeteó la cara, le replicó y ardió en las mejillas por meses e incluso después, cuando tras malabares de parte y parte e incontables mensajes de esperanza, estos sí solo proferidos por él y desoídos por su novia, llegaba la crónica y requeteanunciada marcha.
Ella se iba a quién sabe dónde, a quedarse con quién sabe quién y a hacer quién sabe qué a kilómetros y kilómetros lejos de él; se hacía a la idea de que sería recibida por otra zona horaria, otro gentilicio, otro clima, otra gente, otra cultura y un etcétera de otros otros. Él se quedaba ya se sabe dónde, con quién y a qué sin todavía hacerse a la idea de despedirse.
En medio de los respectivos adioses en el aeropuerto les quedó a ambos el humor rancio, un mal sabor de boca, un hueco en el estómago y una compartida punzada de arrepentimiento mientras cada cual pensaba al unísono:
“Debí haberme ido”.
“Debí haberme quedado”.
El vuelo LV 653 pasa raudo sobre nuestras cabezas dejando su estela, dos líneas paralelas blancas sobre un cielo despejado. Karen apenas tiene tiempo de ver el avión en que ignora que viaja su cuñada cuando el señor por delante de ella en la cola lo usa de referencia a nuestra inflación desorbitada.
Sus pensamientos viajan hacia Ignacio y de inmediato se suma al hilo de la conversa general:
—Hoy mismo mi hermano está despidiendo a su novia que se va —me comenta con tristeza y como si me conociera, supongo que por esa extraña familiaridad nacida de compartir situaciones adversas.
Niego silente en mitad de una mueca, las palabras se me figuran huecas.
—Aquí ya no hay quién viva, mija… —Resopló resignada otra mujer de la fila y al instante encontró réplica más allá.
—No sí, lo que no hay es cómo...
Era Día de Muertos y entre todo lo perdido cada cual tenía un difunto al cual honrar, aunque en realidad era otro día muerto más.





Después de cierto tiempo... no, después de cierta gente entiendes que las cursilerías son la forma más frecuente y sencilla que existe de decirle al otro que estás dispuesto a hacer por él cualquier estupidez. Todos desdeñamos lo estúpido y ante semejante manifestación tendemos a pensar: si es capaz de ponerse en ridículo en mi nombre,  ¿qué no haría por mí? Por obra de simple relación o analogía un término es suplantado por otro a tal punto que “cualquier cosa” acaba siendo “todo”.
Lo cierto es que parecemos ignorar o hacer de lado esa capacidad o predisposición innata hacia la idiotez que el ser humano padece y entonces concebimos como un riesgo una acción completamente natural. 
“Ser cursi es de valientes”, reza el mural. Y claro, como la mayoría cree que lo “cursi” abarca un gran terreno en el plano sentimental, termina confundiéndolo con equis emoción noble y, por extensión, aquella palabrita vieja de cuatro letras también es empañada por el mismo mal.
Es curioso el modo en que cualquier frase o vocablo acompañado por el calificativo de “valiente” adquiere de pronto un significativo matiz. Es así como “ser cursi” disminuye su carácter despectivo, deja de ser fofo y risible convirtiéndose de inmediato en algo valioso o elogiable. Otra vez entra en juego la asociación de ideas, esa analogía extraña con la que cada cosa queda abierta a una gama colorida de percepciones y definiciones. 
Que me pidan reescribir la frase y no violentaré únicamente al muro al afirmar que “ser cursi es de bárbaros”. Aunque al minuto siguiente, por esa magia de las palabras y en especial de la homonimia, no tarden algunos en proclamar con orgullo “¡qué bárbaro es ser cursi!”. Ellos sí, sin ironía. 
Yo, que no en vano tengo más dedos de frente de los que quisiera y un más o menos desarrollado sentido de la vergüenza, no pienso incurrir ni voluntaria ni conscientemente en ello. Ni siquiera porque, ya suprimida la condicional precedente a aquella pregunta inicial, te esté haciendo bulla en la cabeza ese “¿qué no haría por mí?; o quizá, excluida la negación de la interrogante, te estén atormentando las incógnitas sobre lo que sí haría. La respuesta a lo primero es obvia, en cuanto a lo segundo... hay toda una gama colorida de analogías...
—“Lo que más me gusta de ti es la seriedad con que inventas disparates”.
— ¡Qué cursi!
— ¿Tú, yo o Márquez?
—Es, además de grotesco y repetitivo, demasiado poco original apropiarse de frases ya hechas o conocidas para poner de manifiesto nuestros sentires. Si al menos algo bueno se puede sacar de las cursilerías es que evidencian esa ordinariez, por común y corriente, de quien las usa y, por añadido, su carente creatividad...
Tras un largo y sonoro resoplido, que funge de ruido de fondo a un encendido discurso, se hace el silencio. A duras penas son perceptibles al oído los sonidos de los labios y las lenguas en fricción... y fruición. Uno de los dos recupera el aliento para exclamar:
— ¡Ni hablar de lo típico o lo tópico que resulta callar a alguien con un beso! ¡Es muy cliché! Acaba siendo no raro sino cansino que nada nuevo haya de esperar en cualquier acto espontáneo. Las sorpresas son a veces tan previsibles, tan faltas de...
Alguien alza la vista al cielo con expresa y sincera obstinación y de pronto...
— ¡Aaaayyyyyyy!
— ¿A que también es cursi y cliché que te callen con un mordisco?
Suelta entre risas con desmedida satisfacción. Y sí, con ironía. Su acompañante, con algo más que la indignación a flor de piel ¡pero al fin en silencio!, intenta aliviar las punzadas de dolor dejadas por sus dientes mientras pugna por suavizar la mueca de diversión que amenaza su semblante.



El mundo ya tiene demasiadas imitaciones. Defienda la originalidad. Con la tecnología de Blogger.